A 95 años de la muerte de Rosa

clarayrosaHoy se recuerdan 95 años de la muerte de Rosa Luxemburg y por medio de un extracto del libro “Rosa Luxemburg y el arte de la política” de Frigga Haug quisiéramos rendirle homenaje y visibilizar un poco de su aporte al feminismo y a las mujeres de izquierda

 Cómo Rosa Luxemburg estudiaba los acontecimientos mundiales, cómo informaba sobre ellos, qué método seguía para descomponer los sucesos, cómo unía las doctrinas con los pensamientos habituales entre la población y así los animaba a pensar críticamente por sí mismos. Lo que hay que analizar es su método de exposición, de educación popular y de agitación.

[…]Rosa Luxemburg era comunista, judía, polaca, mujer, razones más que suficientes para que, tras su asesinato (en 1919) la recordamos  como alguien que fue oprimida de múltiples formas. A decir verdad, en los países socialistas de Estado por de pronto tras la muerte de Lenin fue rodeada de “un anillo de silencio”, como dijera Lelio Basso (1969). La publicación de sus obras que empezara Clara Zetkin y Adolf Warski en 1923 –en 1925 publicó Paul Levi la Introducción a la economía política- no se prosiguió en la República Democrática Alemana hasta los años setenta; la correspondencia con Kostia Zetkin apareció en 1993, tras el hundimiento del socialismo. Su nombre permanece en el recuerdo, cada vez círculos más amplios se refieren a ella de un modo más positivo, cada vez en más países, en casi todos los continentes, se pronuncian conferencias sobre ella. Su nombre, que durante tanto tiempo estuvo asociado a la violencia, la sangre y el dogmatismo, se ha convertido en una palabra de esperanza, ligado a la “libertad para quien piensa de otra forma”, ligado a la democracia o incluso a un socialismo alternativo.

¿Qué podemos aprender de Rosa Luxemburg sobre la cuestión de una política de intervención de las mujeres y para ellas? En 1902 escribió en el Leipziger Volkszeitung

“La emancipación política de las mujeres tendría que hacer soplar una fuerte oleada de viento fresco incluso en la vida política y espiritual [de la socialdemocracia], que eliminará el hedor de la hipócrita vida familiar actual que, de modo inequívoco, permea incluso a los miembros de nuestro partido, tanto trabajadores como dirigentes”

En aquella época se trataba ante todo del derecho de las mujeres al sufragio. Hoy peleamos por las cuotas, aunque también seguimos haciéndolo por ahuyentar el mismo hedor que, de modo inequívoco, impregna a los representantes masculinos de los partidos y que, envolviéndola en una niebla de prejuicios personales, burocratiza la política hasta tal punto que la orientación combativa ha desaparecido. Si las mujeres ocuparan los parlamentos, las cúpulas de los partidos, las direcciones sindicales o cualesquiera otros espacios públicos de la sociedad, no hay duda de que en esas condiciones sería posible otra política –al menos ésta es nuestra esperanza a pesar de todas la imperfecciones de nuestro sexo-: una política más cercana a las necesidades de las personas, menos tecnocrática, despiadada, derrochadora y belicista. Detrás de estas nociones no se oculta la idea de que las mujeres sean “por naturaleza” seres de buen corazón, tiernos, amistosos y pacíficos, al contrario que el otro sexo, sino que nuestra esperanza sobre la dimensión femenina en la política procede de nuestro análisis de la división sexual del trabajo. Esta consiste, en el fondo, en la separación capitalista entre un ámbito de actividades que corresponden al trabajo social general, orientado a objetivos de lucro –el trabajo asalariado o el trabajo pagado- atribuido en su gran mayoría a los varones, dejando todas las demás actividades a cargo de las mujeres –especialmente el cuidado de los propios seres humanos- sin pagarlas por ello y haciendo que queden protegidas por los varones que traen el dinero a casa (1) . De ahí deriva una posterior división según la cual una comunidad dividida de tal suerte queda regulada por un sector de políticos profesionales que cobran por ello y que es, de nuevo, un espacio de varones. En este contexto nosotras pensábamos que, al intervenir en la política oficial, las mujeres no podrían dejar de introducir las experiencias procedentes de los ámbitos concretos de su actividad, con lo que harían que lo político descendiera al vivir desde las alturas de los parágrafos y las resoluciones hostiles a este. Por supuesto que sabíamos que la intervención en las estructuras de dominación masculina conduciría, en un primer momento, a la apropiación e interiorización de las formas de comportamiento dominantes pero, pese a ello, esperábamos que la incorporación femenina en los dominios masculinos alterase hasta tal punto la estructura de la división del trabajo, que la reproducción general del dominio y la opresión no podrían proseguir como si tal cosa (2).

Para llenar de contenido concreto tales ideas queríamos estudiar a Rosa Luxemburg, su forma de intervención política, y plantearnos qué exigencias nos suponía una vida política como la suya.

En el movimiento de las mujeres de los años 70 su nombre apenas aparecía. Había sucumbido a la sentencia de ser una “mujer masculinizada”, o sea una figura que había renegado de todo lo femenino, se había adaptado a un mundo masculino en el que logró abrirse camino. Donde sea que las mujeres sobresalen en la historia, sucumben, básicamente, bajo ese veredicto. Las mujeres del movimiento buscaban los rasgos fuertes de las mujeres en sus debilidades específicas y en su subordinación, no en su presencia en la galería masculina de la importancia social. Esta lógica es comprensible, pero aún así, nuestra idea de que las mujeres, aquí y hoy, pueden hacer una política distinta, implica también la suposición de que toda mujer que, de hecho, interviene políticamente- o sea que no es solo una figura representativa en las estructuras dadas- altera hasta tal punto la división histórica del trabajo entre los sexos que la separación de ámbitos no puede mantenerse tal como estaba. Ya sea que cambien la imagen que, en tanto que mujeres, nos hacemos del mundo, ya sea que sus propias imágenes del orden del mundo incluyan los espacios de mujeres.

Rosa Luxemburg o el precio de la libertad (3a edición ampliada)
http://www.rosalux.org.ec/es/democracia-e-interculturalidad-menu/253-rosa-luxemburg-o-el-precio-de-la-libertad2.html

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Haugg Friga (2007). Rosa Luxemburg y el arte de la política. Publidisa. Madrid

(1) Es evidente que ese modo de ver las cosas se refiere a una división sexual del trabajo en la que el varón, sostén de la familia, y el ama de casa configuran la vida de la familia de un modo relativamente incontestado; se trata pues de la época anterior al final del fordismo y del tipo de vida determinado por la globalización neoliberal. Sea como fuere, el neoliberalismo ha terminado con el varón como sostén de la familia a lo largo de su vida gracias a un puesto de trabajo fijo, pero no con el sueño de tal figura. La ruptura cultural se prolonga en el interior de las propias familias a destiempo, por lo que se deben politizar las consecuencias conflictivas de tal división del trabajo. Por lo demás el concepto de tal división básica del trabajo se sigue manteniendo: o sea, las mujeres tienen de nuevo que ocuparse más de los niños y no quitar a los varones los pocos puestos de trabajo disponibles. En Austria, ante una crítica a la “reforma de pensiones”, según la cual se prevé calcular a partir de ahora la cuantía de las pensiones sobre un periodo de 40 años, que conlleva que las mujeres que han interrumpido su trabajo para educar a los hijos ya no podrán pretender una pensión propia cuando lleguen a la edad de la jubilación, ante la crítica a esa medida el Ministerio para las Mujeres dijo que le éstas debían hacer era asegurarse de buscar una pareja que se ganara bien la vida.

(2)De modo semejante a como la incorporación de mujeres en el ejército, esa poderosa instancia para la educación de los “varones”, ha puesto en cuestión la reproducción de la masculinidad dominante.

 

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